miércoles, 7 de enero de 2015
La persistencia de la memoria
La persistencia de la memoria
“La memoria es el mejor ejercicio de la venganza”
Carlos Monsivaís
En el Museo de Arte Moderno de Nueva York existe un hermoso cuadro que data de 1931, fue pintado al óleo con maestría y tiene un formato más bien pequeño (25 cm. x 36 cm.), pertenece al pintor español Salvador Dalí, considerado por muchos críticos de arte como el máximo representante del surrealismo en pintura -recordemos que cuando el pintor fue cuestionado sobre ¿qué era, según él, el surrealismo?, Dalí contestó: “El surrealismo soy yo”-¬ Dicho cuadro titula sugestivamente: “La persistencia de la memoria”. Observando el cuadro podemos advertir dos relojes colgados como si estuvieran fundidos o fueran de consistencia blanda; advertimos, encima de una prominencia de tierra café, una especie de piel color hueso que recuerda alguna forma animalesca, talvez la de un caballo, ya que un tercer reloj está encima de ella al modo de una silla de montar; podemos advertir, además, un cuarto reloj de bolsillo con tapa que da la apariencia de ser más sólido, el cual está encima de una forma cúbica al modo de mesa; también está un árbol seco con una rama larga de donde cuelga uno de los relojes; y en el fondo del cuadro está el mar, con colores azules vivos y un cielo mezcla de azul con amarillo que denota la presencia del sol y muestra un día, sin duda, luminoso. ¿Qué quiso representar Dalí con los relojes y otros pocos objetos en el cuadro?, ¿qué denotan los relojes blandos?, ¿qué sugiere la piel con forma de animal no definida?, ¿qué recuerda esa playa soleada?, ¿cuál, en suma, el sentido del nombre del cuadro? No lo sabemos y, probablemente, no lo sepamos nunca, ya que Dalí murió en 1989. Lo único que nos queda, además de apreciar la belleza de la obra, es interpretarla.
La memoria, a la que hace referencia el cuadro, es una cualidad intelectual que tenemos todos los seres humanos en mayor o menor grado, podríamos señalar que es una de las cualidades más importantes de nuestra propia racionalidad, ya que, según se ha establecido, es imposible tener inteligencia sin memoria. La memoria es algo inherente a nosotros y ayuda a constituirnos como somos en cuanto a personalidad y forma de ser en el mundo; somos, en suma, nuestro pasado.
Las cosas no son como las vemos, son como las recordamos
Escribió el poeta español Ramón del Valle Inclán, haciendo referencia a la importancia de la memoria al percibir la realidad. Lo que vamos aprehendiendo es lo que queda grabado, de algún modo, en nuestra mente, lo cual muchas veces difiere de la realidad allende a nosotros y a nuestra percepción. ¿A quién no le ha sucedido que confunde los colores de algún objeto cambiándolo radicalmente en la mente?, o cómo cuando recordamos ciertos lugares o personas, muchas veces trastocamos los mismos de acuerdo a nuestras sensaciones, afectos o interés en ellos, mezclando inexorablemente recuerdos con realidad. Aquel lugar donde pasamos momentos agradables o felices permanecerá en nuestra memoria como un lugar luminoso, acogedor y, talvez, bello; mientras que un lugar donde nuestra experiencia fue difícil, perturbadora o mala, quedará como un lugar más oscuro, desagradable y feo. Según una teoría de la psicolinguística, la percepción psicológica que tenemos de la realidad y, por ende, los recuerdos que tenemos de ésta, están intrínsecamente relacionados con la luz y el color. Cuando hay alegría, entusiasmo y dicha, percibimos la realidad con más luz y vivos colores; por el contrario, cuando estamos tristes, deprimidos y desanimados, la percibimos en tonos más oscuros y grises. Un ejemplo muy común es cuando tenemos un resfrío o gripe muy fuerte, percibimos un día que puede ser soleado de una manera más bien gris y poco colorida, ni qué decir en el caso de los enfermos crónicos o terminales, cuya percepción luminosa de la realidad va decayendo ostensiblemente a la par de su padecimiento. Recordemos a Borges, quien en su cuento “El otro” escribió lo que sigue:
Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.
Volviendo a la memoria y la importancia que tiene en la creación artística, es necesario retomar algunos conceptos de escritores que teorizaron sobre el tema:
Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción.
Sostiene Vargas Llosa acerca de la creación literaria, lo cual es muy difícil de cuestionar. Es la memoria la fuente de ideas, imágenes, frases o palabras que impelen al autor a escribir determinadas obras. Tomemos, como ejemplos, algunos casos y temas literarios: el recuerdo de Gabriel García Márquez de su niñez cuando su abuelo lo llevó a conocer el hielo, dicha imagen inicia nada menos que la novela 100 años de Soledad, que fue escrita 30 años después; o Julio Cortázar que cuando escribió su cuento, ya mencionado, “Casa Tomada” reconoció que, en realidad, era el recuerdo de una pesadilla que tuvo la noche anterior; o el propio Vargas Llosa al escribir “La ciudad y los perros” donde están plasmados muchos de sus recuerdos del Colegio Militar de Lima “Leoncio Prado”, los cuales le quedaron muy grabados en la mente debido a la violencia y crueldad de la que fue testigo; o el caso de Ernest Hemingway quien en su novela “Por quien doblan las campanas” narra muchas de sus experiencias vividas en la Guerra Civil española, donde fue corresponsal de prensa; o el caso talvez “paradigmático” del uso de la memoria para la creación literaria como es el de Marcel Proust con su obra escrita en siete tomos: “En busca del tiempo perdido” que, aunque algunos críticos maliciosos consideran su lectura como un pérdida de tiempo, es un caso claro de la utilización extrema o radical de la memoria.
Proust cuenta su vida, la tergiversa, analiza, selecciona, combina, inventa, miente, para construir una narración que imita la literatura confesional, desde San Agustín a Rousseau, para convertirse en una parábola, para usar los propios sentimientos, deseos, y experiencias como materia prima de una forma superior, de un relato moral sobre el modo en que la propia vida se convierte en devenir y destino.
Comenta el escritor español Antonio Muñoz Molina sobre el autor de “Por el camino de Swann”. La memoria es una fuente de conocimiento e información muy importante para el escritor, pero éste no se conforma sólo con ella, no le basta, requiere añadirle muchas otras cosas más, trascenderla para proponer algo nuevo, ahí es donde interviene la ficción y la creación de la obra de arte, distinta de la mera narración de hechos fidedignos o la historiografía.
El tema de la memoria en la literatura ha sido muchas veces abordado como tal. Es memorable, valga la redundancia, el caso de Borges con su cuento “Funes el memorioso” donde se narran diversos casos de memorias privilegiadas:
Irineo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la “Naturalis Historia”: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran.
Siguiendo con el cuento borgiano, también está el caso del propio Irineo Funes, un hombre poseedor de una memoria tan prodigiosa que podía percibir todos los cambios de la realidad que veía, hasta los más mínimos, como el crecimiento de una planta, el cambio de color de una hoja, la evaporación de una gota de rocío, etc., optando Funes por quedarse encerrado dentro de una habitación oscura para no percibir y memorizar tanta realidad. Como sostuvo el novelista Fernando del Paso:
A veces tanta realidad es dolorosa.
También podemos mencionar al poeta mexicano Eduardo Lizalde quién en su libro “Memoria del Tigre” habla reiteradamente sobre el tema, como en el siguiente fragmento de uno de sus poemas:
Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
…Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos grandes y magros ríos,
y los árboles –aun no siendo frutales-
daban por dentro resentidos frutos amargos.
Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.
Lizalde une la memoria (los recuerdos) con el amor y su contrario el desamor, expresando cómo estos sentimientos no pueden alejarse de la mente y cómo permanecen en quien amó alguna vez. Otro autor que recurre a la memoria constantemente es Gabriel García Márquez, quien en su novela: “Memoria de mis putas tristes” hace que el personaje principal, el viejo sabio, escriba:
Escribo esta memoria en lo poco que queda de la biblioteca que fue de mis padres, y cuyos anaqueles están a punto de desplomarse por la paciencia de las polillas. A fin de cuentas, para lo que me falta por hacer en este mundo me bastaría con mis diccionarios de todo género, con las dos primeras series de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, y con La Montaña Mágica, que me enseñó a entender los humores de mi madre desnaturalizados por la tisis.
Esta novela del autor de “La Hojarasca”, en realidad es una constante remembranza del tiempo pasado, ya que el personaje principal, que va a cumplir noventa años, quiere regalarse a sí mismo una noche de pasión como las que tuvo en su juventud. Hay, en la obra, una suerte de dialéctica pertinaz entre pasado y presente, juventud y vejez, hedonismo y amor, memoria y olvido.
En la historia contemporánea latinoamericana son destacados los casos de personas con memoria prodigiosa, como la del ex presidente de Cuba, Fidel Castro, que muchos aseguran podía memorizar los libros página por página, regalando los mismos después de leerlos, ya que tenía todo su contenido en la mente; es destacado el caso del ex presidente boliviano Víctor Paz Estensoro, quien sabía el nombre de todos sus colaboradores y el de sus respectivos familiares, además de recordar cumpleaños, nombres, fechas, cifras, etc., lo que ocasionó que en su juventud lo llamaran, en el Parlamento Nacional, el “Diputado datos”; también es notable el caso del escritor mexicano Juan José Arreola, quien, pese a no haber estudiado la carrera de literatura como tal, según quienes lo conocieron, tenía una memoria capaz de recordar versos completos, cuentos, novelas, historias, anécdotas, fechas, etc., con gran claridad y exactitud, convirtiéndose en la memoria viviente de la literatura de su país.
Según Antonio Muñoz Molina, todas las personas van creando (recreando) en base a su memoria y recuerdos una serie de conceptos, ideas e imágenes de cosas y seres, dependiendo del grado de interés o importancia que se les da a los mismos.
La diferencia entre los seres inventados que no nos importan y los que nos importan tanto que nuestra vida acaba dependiendo de ellos puede resumirse en términos de técnica narrativa: de un vecino anotamos tres o cuatro rasgos que nos bastan para construir un personaje secundario… De la persona amada, en cambio, atesoramos tantos pormenores, tantos gestos y miradas y palabras dotados de sentido, que acabamos dibujando un personaje inabarcable, tan plural, tan cambiante, que cuando intentamos recordar su cara nos parece imposible
Todas las personas ficcionalizan sus recuerdos y percepciones, pero es el escritor el que usa la memoria como “Piedra de toque” para, mediante la ficción, crear nuevas realidades, nuevos hechos, nuevas cosas y seres, que pueden tener asidero en la realidad, pero que buscan inevitablemente trascenderla.
De modo que lo que tomamos por fotografías objetivas son en realidad retratos arbitrarios, y que no sólo las personas que viven a nuestro alrededor, sino también nosotros mismos, somos una mezcla inquietante de realidad y ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación.
Ahora bien, el escritor recurre a sus recuerdos del pasado y los trae al presente, ya que siempre se escribe en presente, teniendo este presente narrativo la cualidad de ir hacia el pasado como memoria y hacia el futuro como anticipación. El uso del tiempo en la novela moderna es constitutivo de la propia obra, lo que no sucede con la poesía, pues la poesía tiene un tiempo que se puede denominar “vertical” a diferencia del tiempo “horizontal” de la narrativa. Gastón Bachelard lúcidamente escribió al respecto al señalar lo que él denomina “instante poético”:
La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión del universo y revelar el secreto de un alma, del ser, y de los objetos al mismo tiempo.
Y añade: En todo poema verdadero, se pueden entonces encontrar los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que no sigue la medida, de un tiempo que nosotros llamaremos “vertical” para distinguirlo de un tiempo común que huye horizontalmente con el agua del río, con el viento que pasa.
Por el contrario en la narrativa se utiliza el tiempo “horizontal” o lineal, siendo la necesidad del escritor y la problemática de la obra, la que determina si la narración evocará el pasado, contará el presente o elucubrará el futuro. Vargas Llosa analiza la utilización del tiempo dentro de una narración:
Me atrevo a asegurarle que es una ley sin excepciones (otra de las poquísimas en el mundo de la ficción) que el de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista (del buen novelista) da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y se diferencie del mundo real (obligación de toda ficción que quiere vivir por cuenta propia.)
Depende de la maestría del escritor el hecho de que un lector pueda ser parte de la narración, entrando al territorio de la ficción casi sin darse cuenta. La utilización del tiempo narrativo, los niveles de realidad, el tipo de narrador, el lenguaje, el ritmo de la escritura, etc., hacen que el lector pueda o no entrar en esa especie de engaño o mentira que ha sido creado, mediante artilugios, por quien escribe.
La soberanía de una novela no resulta sólo del lenguaje en que está escrita. También, de su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo inventado.
El papel del lector es, sin embargo, crucial para la creación literaria, ya que sin la intervención o participación de este, la obra queda incompleta. Cada lector tiene, a su manera, un tiempo cronológico y un tiempo subjetivo, por lo que una obra de arte, en el caso particular de una obra literaria, afectará a cada lector de manera disímil. También el lector, no sólo el autor, utiliza su memoria para leer, uniendo, comparando y distinguiendo, ciertas imágenes, palabras, sentidos, acontecimientos, seres y cosas, dentro de su mente. La creación que hizo en su momento el autor al escribir su texto, se vuelve en recreación por parte del lector, quien le añade su percepción y algo de su propio ser a la obra.
Una novela es como escribir un mensaje en un papel, meterlo dentro de una botella y lanzar ésta al mar.
Volviendo al cuadro de Dalí y su particular percepción del tiempo, podemos señalar que probablemente la intención del pintor fue la de expresar, mediante tales formas, como en toda obra de arte, la memoria está implícita o, como los ejemplos mencionados, también puede estar explícita. La memoria y la utilización del tiempo, son usadas para construir con palabras, sonidos, trazos o imágenes una recreación propia que tiene mucho de subjetividad, pero también hay algo objetivo que está más allá de la conciencia del artista. Los cuatro relojes que pintó Dalí, una forma animal indefinida, una rama seca de un árbol, una forma cúbica y un paisaje soleado en una playa, talvez nos muestran como el tiempo es una parte esencial de la existencia humana, una especie de compañero inalterable de la conciencia, La medida del movimiento como señaló San Agustín en su momento.
Es importante recordar una de las tantas ideas que Salvador Dalí lanzaba al viento como una especie de exabruptos, ideas aparentemente superficiales, ridículas o excéntricas, pero capaces de evocar conceptos complejos y talvez verdaderos. El pintor dijo en alguna ocasión:
La belleza será comestible o no será
Recordándonos que la belleza, a lo que aspira todo artista o creador, invita o llama a la apropiación, al consumo de esta. Todos(as) quieren poseer lo bello de algún modo, hacerlo parte de uno mismo de distintas formas, ya sea escribiendo, leyendo, pintando o simplemente contemplando o admirando aquello que es capaz de evocarnos lo bello.
Pablo Pérez Ayala
Pérez Alcalá: arte y pensamiento
“Se puede vivir sin el arte, pero no se puede ser sin el arte.”
RPA
Escribir sobre el arte y el pensamiento de Ricardo Pérez Alcalá es escribir sobre un todo único e indisoluble que fue su vida misma. No se podría mencionar la compleja suma de las partes que lo conformaban como individuo, sino como una unidad que a lo largo de su existencia se fue manifestando de diversas formas: una manera muy singular de ver la realidad, de pensarla, de aportarle belleza, formas, creaciones, y de vivirla alegre, intensa, profunda y prolíficamente. “Siempre he sido fiel a la vida”, decía en los momentos más trascendentales, cuando era reconocido o cuando recordaba su pasado no siempre feliz. También recalcaba esa intención de muchos, no mala necesariamente, de diseccionarlo como creador: “Dicen que sólo soy acuarelista, como si no fuera arquitecto, escultor, dibujante, artista; me encasillan en una sola expresión del arte”. Algo con lo que él nunca estuvo de acuerdo puesto que sus obras abarcan distintas áreas del quehacer plástico, no pudiendo ser encasillado en una sola. “Cuando me piden que sugiera a algún artista o arquitecto para ser jurado de algún concurso, siempre les pido que me muestren sus obras. ¿Qué es lo que han hecho?, ¿cuál es su aporte?, ¿cuáles sus creaciones?”, señalaba al hablar sobre el quehacer artístico de sus colegas y el suyo propio.
Conversando con él sobre sus primeros recuerdos, decía que fue en 1942, a los 3 años, cuando tuvo un inicial descubrimiento del color y sus distintas posibilidades al encontrar una pequeña caja de acuarelas de su hermano mayor Ismael, a quien llamaba papá. Recordaba que cuando abrió la pequeña caja negra metálica, los colores vibraban con la luz y cambiaban paulatinamente con la sombra, lo cual lo fascinó de inmediato. Consideraba tal hecho como un momento trascendental en su vida que determinó, de alguna o muchas formas, su futuro como artista. Sus familiares siempre recordaban que a los 4 años dibujó a dos perritas pequinesas peleándose por una corona, lo cual representaba en caricatura la noticia, muy comentada entonces, de una disputa entre dos jóvenes por ser la reina de belleza de Potosí. Toda persona que visitaba su casa recibía al irse, como presente, una caricatura realizada por el pequeño dibujante, lo que ocasionaba la alegría de los visitantes. A los 7 años dibujó con tizas un gran tren en uno de los muros de su casa, lo que empezó a llamar grandemente la atención de sus hermanos mayores, que ya tenían formación universitaria, quienes se percataron de sus aptitudes para el dibujo. A los 12 años ganó el Concurso Nacional de Pintura Infantil, hecho que presagiaba una trayectoria con innumerables reconocimientos.
Contaba que a sus doce años una mañana, saliendo de la Academia de Bellas Artes de Potosí donde estudiaba, gritó en la calle delante de sus amigos, de una manera desaforada, que dedicaría toda su vida a la pintura y al arte. Muchos transeúntes lo miraron como a un loco y sus compañeros ni lo tomaron en cuenta, pero no le importó lo que los demás pensaran de él, él ya lo había dicho.
En 1954, a sus 15 años, realizó su primera exposición pública en el Salón de Exposiciones de la Universidad Tomás Frías de Potosí a la que sólo asistió su familia. Algunos de sus hermanos, incluso, estaban muy incómodos por estar allí contemplando sus obras, decía. Con su humor característico recordaba que cierta persona metió la cabeza por la puerta, vio la exposición y simplemente señaló: “Cuadros nomás son, vámonos…”. En el mismo año viajó a La Paz donde realizó su primera exposición importante en el Salón Municipal Cecilio Guzmán de Rojas, la cual tuvo mucho éxito al vender todas sus obras expuestas. “Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él, incluso se me quitaron las ganas de comer…”, recordaba. En dicha exposición se le acercó una señora mayor, de origen judío, quien le dijo: “Hijo, yo te voy a comprar quince cuadros, pero tú me tienes que regalar el que más te guste a ti, porque yo soy tu madrina.”Él efectivamente así lo hizo y se dio cuenta entonces del poder del arte como un medio de comunión entre las personas.
Durante su juventud, antes de entrar a la universidad, pintó cientos de cuadros en Potosí durante catorce a dieciocho horas diarias. “No podía siquiera esperar a que amanezca para salir feliz con mi papeles, pinturas y taburete para seguir pintando sin cesar.”, recordaba. Este aspecto tiene mucho que ver con lo que él insistentemente recalcaba como su “moral de trabajo”, la cual lo acompañó pertinazmente toda su vida. “Todos los días tienes que estar haciendo algo: dibujos, bocetos, apuntes, algo…” señalaba. Refiriéndose a la labor del artista que lejos de ser contemplativa o autocomplaciente tiene que dar frutos estéticos reales y fácticos, ya que para él la flojera era una forma de inmoralidad.
Radicado en La Paz entró a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés con un objetivo vital muy claro: “Que la arquitectura solvente mi pintura; pero a la larga fue la pintura la que solventó mi arquitectura.” Según sus compañeros de estudios de entonces, desde la primera exposición de sus proyectos en el primer año, empezó a llamar la atención de sus docentes y émulos por sus innovadoras propuestas creativas, la forma de presentarlas y la defensa que hacía de las mismas. En 1960, a los 21 años, realizó el moderno diseño de la Iglesia Corazón de María de Miraflores en La Paz. Posteriormente tuvo que viajar por distintos motivos a Cochabamba para concluir sus estudios de arquitectura. No dejando de lado la pintura y el dibujo en ningún momento, ganó en 1968 el Primer premio en arquitectura, y en 1969 el Primer premio en pintura y en dibujo en el Salón Municipal 14 de Septiembre de Cochabamba, siendo un caso único donde una sola persona gana los tres premios consecutivamente.
Volvió a La Paz para realizar obras muy importantes tanto en arquitectura como en escultura. Trabajó con el Ing. Mario Galindo, a quien siempre consideró como uno de sus maestros y amigo. Diseñó entonces la Normal Simón Bolívar y la Piscina Olímpica, ambas en la zona de Alto Obrajes. En el año 1972 realizó el diseño de dos murales y los Cóndores de la Casa de la Cultura Franz Tamayo de la sede de gobierno. Un trabajo muy importante que le costó un gran esfuerzo por todas las adversidades que tuvo que sortear para su realización. “Nadie te perdona el talento, y aquellos que te odian, te odian sin conocerte…”, decía, al recordar lo difícil que fue realizar sus obras entonces en un espacio cultural tan relevante para la difusión de las manifestaciones artísticas nacionales, ubicado en pleno centro de la urbe paceña.
En la década de los 70 continuó pintando incansablemente acuarelas, óleos, pasteles, dibujos a tinta y al carbón, llegando a ocupar un puesto de privilegio entre los pintores de la época. Fue entonces que descubrió y formuló su teoría pictórica sobre los “colores imposibles”, los cuales, según sus propias palabras son: “Los colores que no están en la paleta del pintor, pero que surgen al plasmar la pintura en el papel o lienzo. Son los colores que emanan de los contornos de las figuras, ya que son la relación con otros colores, por lo cual los ´colores imposibles` no son premeditados por el artista y no se pueden repetir fácilmente, surgen de una especie de azar pictórico semi controlado.” El año 1977 se convierte en una año trascendental en su trayectoria porque logra pintar una de sus obras más representativas: la acuarela “Zaguán zapatería”. Considerada como un hito en su obra personal y un referente de la acuarela boliviana en general. Sus colegas de entonces coincidieron en la importancia y calidad de la obra, felicitándolo por el logro estético y técnico de la misma. Fue entonces que tomó la decisión de viajar allende nuestras fronteras, con dicha obra y otras bajo el brazo, con el único objetivo de difundir su arte.
En 1978 viajó al Perú donde tuvo una buena acogida en Cuzco y en Lima. Posteriormente se trasladó al Ecuador donde su obra fue reconocida y muy valorada con ofertas de trabajo y deseos que se quedara a vivir en el país. Prosiguió su viaje a Venezuela por un tiempo corto y finalmente dio literalmente un salto a México. Su intención primigenia era estar un corto tiempo en el país azteca, ya que su objetivo final era llegar a España, pero dicho corto tiempo en México se prolongó por 14 años. “Cuando estaba en la Academia de Bellas Artes de Potosí, en mi adolescencia, mi hermano Jaime, cinco años mayor, se dio cuenta de mi habilidad y vocación por el arte, y me prometió que cuando tuviera los recursos suficientes me enviaría a la Academia de Arte de San Fernando en Madrid, para que yo estudiara allí. Por eso mi deseo de llegar a España como destino final.”
Ya en México, como todo pintor recién llegado, comenzó exponiendo sus obras en el Monumento a la Madre en la capital, lugar donde centenares de pintores exponen sus obras semanalmente. Pasó entonces momentos económicos muy difíciles, prefiriendo en algún caso comprarse flores para su habitación antes que algo de comer. “Había que alimentar al espíritu más que al cuerpo…”, decía al respecto. Poco a poco mereció el reconocimiento de sus colegas y compradores hasta que un merchante de arte, de origen español, le ofreció comprarle todo lo que pintaba a precios módicos.
Su obra, en años posteriores, llegó a las más importantes galerías de la Ciudad de México y del país. Señalando, en alguna de las entrevistas que le hicieron los medios mexicanos de entonces, que: “El arte sin misterio no me interesa…”Porque, según su concepción personal del arte, toda obra no puede ser abarcada totalmente en su comprensión ni por el artista ni, mucho menos, por el espectador, ya que en ella siempre tiene que haber algo inescrutable o indescifrable para la razón o para el sentimiento de quienes la contemplan. Entre los acuarelistas mexicanos más destacados de los años 80 se encontraba Edgardo Coghlan, con quien siempre tuvo una relación de mutuo respeto y admiración. Al comparar ambas maneras de expresarse mediante la acuarela, decía: “Mientras Coghlan enamora a la acuarela, yo la violo…”
Entre los años 1984 al 89 ganó en cuatro oportunidades el Primer Premio Nacional de Acuarela de México. Llegando a decir uno de sus colegas pintores de manera pública y afectuosa: “Y pensar que el mejor acuarelista de México es un boliviano.” Debido al renombre alcanzado, los distintos merchantes de arte, así como coleccionistas privados, llegaban directamente a su casa o estudio a comprarle absolutamente todo lo que pintaba. Hizo importantes exposiciones en el Museo de Minería y en el Poliforum Cultural Siqueiros, recintos fundamentales de la cultura mexicana. Su aprecio por el país y el pueblo mexicano, que tan bien lo recibieron, lo expresó sosteniendo: “Lo que es Francia para el mundo, es México para América Latina”. Sin embargo, pese a la fama y el prestigio que lograron su persona y obra, nunca dejó de visitar semanalmente a sus amigos pintores del Monumento a La Madre, donde se inició, hasta su posterior retorno a Bolivia.
Su vuelta al país en 1991 se debió principalmente al proyecto de construcción del Monumento de Confraternidad de Ilo, Perú. Idea suya que la planteó como un agradecimiento de Bolivia al Perú por los acuerdos de Ilo y la playa Boliviamar. Al respecto señaló: “La idea era construir un rostro gigantesco de mujer cuyos grandes ojos miraran, por un lado, hacia el mar del Pérú y, por el otro, hacia las montañas de Bolivia.” Habló entonces con los presidentes Paz Zamora y Fujimori para explicarles detalladamente su proyecto, siendo autorizado y financiado el mismo por ambos gobiernos.
Una vez radicado en suelo patrio, el entonces embajador de México en Bolivia, conocedor de su amplia trayectoria, le dijo: “Maestro Pérez Alcalá, si usted quiere podemos tramitar sus papeles de nacionalización como mexicano”, a lo cual él respondió cortésmente: “He sido tantos años boliviano que voy a morir siendo boliviano.”
Recordaba también, con mucho humor, como a su llegada a Potosí después de 14 años, con todos sus reconocimientos a cuestas, se encontró con un amigo de escuela quien le dijo: “A todos nuestros compañeros les ha ido mal, al único que le ha ido bien es a mí, pues soy asesor legal de la Policía…”. Preguntándole seguidamente: “¿Y tú a qué te has dedicado, Ricardo?”. “Soy pintor”, respondió él de manera escueta. A lo cual su amigo sentenció: “¡De pintorcito nomás te has quedado…!”
Recibió en años siguientes la Medalla del Senado en 1994, el Premio Nacional de Cultura en 1997, Primer Premio Nacional de Arte Sacro en 1998, Premio a la Excelencia en La Trienal Mundial de Acuarela en Colombia en el 2006, Premio Bienal internacional de Arquitectura en 2008, Premio Trayectoria de Vida del Gobierno Municipal de La Paz en 2009 y Gran Premio Mundial de Acuarela en Colombia, el mismo año. Siempre dejó el nombre de Bolivia muy en alto en todos los eventos internacionales en los que participó, señalando en varias ocasiones: “Amo a mi país profundamente, pero hay cosas que no me gustan, hay que cambiarlas, mejorarlas…”
Entre sus últimos logros, además de sus obras arquitectónicas, destacan el Premio “Lienzo de Oro” de la Academia de la Cultura Francesa el 2012 y su exposición en el Museo del Louvre de Paris, el mismo año. Algo que lo llenó de orgullo porque expuso donde exponen sus grandes maestros de siempre: Da Vinci, Rembrandt y Velázquez. Al respecto comentó: “Nunca he esperado los premios ni los he buscado, sólo me ha interesado hacer mi arte de la mejor forma posible y aportar algo a la humanidad.”
Falleció en agosto de 2013 en su casa en La Paz –la cual diseñó y construyó pacientemente durante quince años como una muestra muy personal de su arquitectura, arte y escultura- dejando varias pinturas inconclusas y distintos proyectos arquitectónicos por realizar. Destaca entre ellos el proyecto de restaurar, mejorar y rediseñar el entorno de la Plaza Murillo en La Paz. “Es como la sala principal de nuestra casa que es la ciudad, ahí llegan nuestros más importantes visitantes, merece ser embellecida.", decía.
Su legado artístico, pero sobre todo su legado humano, consta de más de seis mil obras pictóricas, decenas de casas, edificaciones y esculturas, realizado a lo largo de una esforzada como prolífica vida. “Quiero terminar mis días con dignidad, haciendo lo que sé hacer bien.”, fue la consigna que cumplió hasta su último aliento.
Pablo Pérez Ayala
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