miércoles, 7 de enero de 2015

La persistencia de la memoria

La persistencia de la memoria “La memoria es el mejor ejercicio de la venganza” Carlos Monsivaís En el Museo de Arte Moderno de Nueva York existe un hermoso cuadro que data de 1931, fue pintado al óleo con maestría y tiene un formato más bien pequeño (25 cm. x 36 cm.), pertenece al pintor español Salvador Dalí, considerado por muchos críticos de arte como el máximo representante del surrealismo en pintura -recordemos que cuando el pintor fue cuestionado sobre ¿qué era, según él, el surrealismo?, Dalí contestó: “El surrealismo soy yo”-¬ Dicho cuadro titula sugestivamente: “La persistencia de la memoria”. Observando el cuadro podemos advertir dos relojes colgados como si estuvieran fundidos o fueran de consistencia blanda; advertimos, encima de una prominencia de tierra café, una especie de piel color hueso que recuerda alguna forma animalesca, talvez la de un caballo, ya que un tercer reloj está encima de ella al modo de una silla de montar; podemos advertir, además, un cuarto reloj de bolsillo con tapa que da la apariencia de ser más sólido, el cual está encima de una forma cúbica al modo de mesa; también está un árbol seco con una rama larga de donde cuelga uno de los relojes; y en el fondo del cuadro está el mar, con colores azules vivos y un cielo mezcla de azul con amarillo que denota la presencia del sol y muestra un día, sin duda, luminoso. ¿Qué quiso representar Dalí con los relojes y otros pocos objetos en el cuadro?, ¿qué denotan los relojes blandos?, ¿qué sugiere la piel con forma de animal no definida?, ¿qué recuerda esa playa soleada?, ¿cuál, en suma, el sentido del nombre del cuadro? No lo sabemos y, probablemente, no lo sepamos nunca, ya que Dalí murió en 1989. Lo único que nos queda, además de apreciar la belleza de la obra, es interpretarla. La memoria, a la que hace referencia el cuadro, es una cualidad intelectual que tenemos todos los seres humanos en mayor o menor grado, podríamos señalar que es una de las cualidades más importantes de nuestra propia racionalidad, ya que, según se ha establecido, es imposible tener inteligencia sin memoria. La memoria es algo inherente a nosotros y ayuda a constituirnos como somos en cuanto a personalidad y forma de ser en el mundo; somos, en suma, nuestro pasado. Las cosas no son como las vemos, son como las recordamos Escribió el poeta español Ramón del Valle Inclán, haciendo referencia a la importancia de la memoria al percibir la realidad. Lo que vamos aprehendiendo es lo que queda grabado, de algún modo, en nuestra mente, lo cual muchas veces difiere de la realidad allende a nosotros y a nuestra percepción. ¿A quién no le ha sucedido que confunde los colores de algún objeto cambiándolo radicalmente en la mente?, o cómo cuando recordamos ciertos lugares o personas, muchas veces trastocamos los mismos de acuerdo a nuestras sensaciones, afectos o interés en ellos, mezclando inexorablemente recuerdos con realidad. Aquel lugar donde pasamos momentos agradables o felices permanecerá en nuestra memoria como un lugar luminoso, acogedor y, talvez, bello; mientras que un lugar donde nuestra experiencia fue difícil, perturbadora o mala, quedará como un lugar más oscuro, desagradable y feo. Según una teoría de la psicolinguística, la percepción psicológica que tenemos de la realidad y, por ende, los recuerdos que tenemos de ésta, están intrínsecamente relacionados con la luz y el color. Cuando hay alegría, entusiasmo y dicha, percibimos la realidad con más luz y vivos colores; por el contrario, cuando estamos tristes, deprimidos y desanimados, la percibimos en tonos más oscuros y grises. Un ejemplo muy común es cuando tenemos un resfrío o gripe muy fuerte, percibimos un día que puede ser soleado de una manera más bien gris y poco colorida, ni qué decir en el caso de los enfermos crónicos o terminales, cuya percepción luminosa de la realidad va decayendo ostensiblemente a la par de su padecimiento. Recordemos a Borges, quien en su cuento “El otro” escribió lo que sigue: Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Volviendo a la memoria y la importancia que tiene en la creación artística, es necesario retomar algunos conceptos de escritores que teorizaron sobre el tema: Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Sostiene Vargas Llosa acerca de la creación literaria, lo cual es muy difícil de cuestionar. Es la memoria la fuente de ideas, imágenes, frases o palabras que impelen al autor a escribir determinadas obras. Tomemos, como ejemplos, algunos casos y temas literarios: el recuerdo de Gabriel García Márquez de su niñez cuando su abuelo lo llevó a conocer el hielo, dicha imagen inicia nada menos que la novela 100 años de Soledad, que fue escrita 30 años después; o Julio Cortázar que cuando escribió su cuento, ya mencionado, “Casa Tomada” reconoció que, en realidad, era el recuerdo de una pesadilla que tuvo la noche anterior; o el propio Vargas Llosa al escribir “La ciudad y los perros” donde están plasmados muchos de sus recuerdos del Colegio Militar de Lima “Leoncio Prado”, los cuales le quedaron muy grabados en la mente debido a la violencia y crueldad de la que fue testigo; o el caso de Ernest Hemingway quien en su novela “Por quien doblan las campanas” narra muchas de sus experiencias vividas en la Guerra Civil española, donde fue corresponsal de prensa; o el caso talvez “paradigmático” del uso de la memoria para la creación literaria como es el de Marcel Proust con su obra escrita en siete tomos: “En busca del tiempo perdido” que, aunque algunos críticos maliciosos consideran su lectura como un pérdida de tiempo, es un caso claro de la utilización extrema o radical de la memoria. Proust cuenta su vida, la tergiversa, analiza, selecciona, combina, inventa, miente, para construir una narración que imita la literatura confesional, desde San Agustín a Rousseau, para convertirse en una parábola, para usar los propios sentimientos, deseos, y experiencias como materia prima de una forma superior, de un relato moral sobre el modo en que la propia vida se convierte en devenir y destino. Comenta el escritor español Antonio Muñoz Molina sobre el autor de “Por el camino de Swann”. La memoria es una fuente de conocimiento e información muy importante para el escritor, pero éste no se conforma sólo con ella, no le basta, requiere añadirle muchas otras cosas más, trascenderla para proponer algo nuevo, ahí es donde interviene la ficción y la creación de la obra de arte, distinta de la mera narración de hechos fidedignos o la historiografía. El tema de la memoria en la literatura ha sido muchas veces abordado como tal. Es memorable, valga la redundancia, el caso de Borges con su cuento “Funes el memorioso” donde se narran diversos casos de memorias privilegiadas: Irineo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la “Naturalis Historia”: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Siguiendo con el cuento borgiano, también está el caso del propio Irineo Funes, un hombre poseedor de una memoria tan prodigiosa que podía percibir todos los cambios de la realidad que veía, hasta los más mínimos, como el crecimiento de una planta, el cambio de color de una hoja, la evaporación de una gota de rocío, etc., optando Funes por quedarse encerrado dentro de una habitación oscura para no percibir y memorizar tanta realidad. Como sostuvo el novelista Fernando del Paso: A veces tanta realidad es dolorosa. También podemos mencionar al poeta mexicano Eduardo Lizalde quién en su libro “Memoria del Tigre” habla reiteradamente sobre el tema, como en el siguiente fragmento de uno de sus poemas: Recuerdo que el amor era una blanda furia no expresable en palabras. Y mismamente recuerdo que el amor era una fiera lentísima: mordía con sus colmillos de azúcar y endulzaba el muñón al desprender el brazo. Eso sí lo recuerdo. Rey de las fieras carnívoras, ramo de tigres era el amor, según recuerdo. …Lo recuerdo casi de memoria: los muebles de madera florecían al roce de mi mano, me seguían como falderos grandes y magros ríos, y los árboles –aun no siendo frutales- daban por dentro resentidos frutos amargos. Recuerdo muy bien todo eso, amada, ahora que las abejas se derrumban a mi alrededor con el buche cargado de excremento. Lizalde une la memoria (los recuerdos) con el amor y su contrario el desamor, expresando cómo estos sentimientos no pueden alejarse de la mente y cómo permanecen en quien amó alguna vez. Otro autor que recurre a la memoria constantemente es Gabriel García Márquez, quien en su novela: “Memoria de mis putas tristes” hace que el personaje principal, el viejo sabio, escriba: Escribo esta memoria en lo poco que queda de la biblioteca que fue de mis padres, y cuyos anaqueles están a punto de desplomarse por la paciencia de las polillas. A fin de cuentas, para lo que me falta por hacer en este mundo me bastaría con mis diccionarios de todo género, con las dos primeras series de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, y con La Montaña Mágica, que me enseñó a entender los humores de mi madre desnaturalizados por la tisis. Esta novela del autor de “La Hojarasca”, en realidad es una constante remembranza del tiempo pasado, ya que el personaje principal, que va a cumplir noventa años, quiere regalarse a sí mismo una noche de pasión como las que tuvo en su juventud. Hay, en la obra, una suerte de dialéctica pertinaz entre pasado y presente, juventud y vejez, hedonismo y amor, memoria y olvido. En la historia contemporánea latinoamericana son destacados los casos de personas con memoria prodigiosa, como la del ex presidente de Cuba, Fidel Castro, que muchos aseguran podía memorizar los libros página por página, regalando los mismos después de leerlos, ya que tenía todo su contenido en la mente; es destacado el caso del ex presidente boliviano Víctor Paz Estensoro, quien sabía el nombre de todos sus colaboradores y el de sus respectivos familiares, además de recordar cumpleaños, nombres, fechas, cifras, etc., lo que ocasionó que en su juventud lo llamaran, en el Parlamento Nacional, el “Diputado datos”; también es notable el caso del escritor mexicano Juan José Arreola, quien, pese a no haber estudiado la carrera de literatura como tal, según quienes lo conocieron, tenía una memoria capaz de recordar versos completos, cuentos, novelas, historias, anécdotas, fechas, etc., con gran claridad y exactitud, convirtiéndose en la memoria viviente de la literatura de su país. Según Antonio Muñoz Molina, todas las personas van creando (recreando) en base a su memoria y recuerdos una serie de conceptos, ideas e imágenes de cosas y seres, dependiendo del grado de interés o importancia que se les da a los mismos. La diferencia entre los seres inventados que no nos importan y los que nos importan tanto que nuestra vida acaba dependiendo de ellos puede resumirse en términos de técnica narrativa: de un vecino anotamos tres o cuatro rasgos que nos bastan para construir un personaje secundario… De la persona amada, en cambio, atesoramos tantos pormenores, tantos gestos y miradas y palabras dotados de sentido, que acabamos dibujando un personaje inabarcable, tan plural, tan cambiante, que cuando intentamos recordar su cara nos parece imposible Todas las personas ficcionalizan sus recuerdos y percepciones, pero es el escritor el que usa la memoria como “Piedra de toque” para, mediante la ficción, crear nuevas realidades, nuevos hechos, nuevas cosas y seres, que pueden tener asidero en la realidad, pero que buscan inevitablemente trascenderla. De modo que lo que tomamos por fotografías objetivas son en realidad retratos arbitrarios, y que no sólo las personas que viven a nuestro alrededor, sino también nosotros mismos, somos una mezcla inquietante de realidad y ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación. Ahora bien, el escritor recurre a sus recuerdos del pasado y los trae al presente, ya que siempre se escribe en presente, teniendo este presente narrativo la cualidad de ir hacia el pasado como memoria y hacia el futuro como anticipación. El uso del tiempo en la novela moderna es constitutivo de la propia obra, lo que no sucede con la poesía, pues la poesía tiene un tiempo que se puede denominar “vertical” a diferencia del tiempo “horizontal” de la narrativa. Gastón Bachelard lúcidamente escribió al respecto al señalar lo que él denomina “instante poético”: La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión del universo y revelar el secreto de un alma, del ser, y de los objetos al mismo tiempo. Y añade: En todo poema verdadero, se pueden entonces encontrar los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que no sigue la medida, de un tiempo que nosotros llamaremos “vertical” para distinguirlo de un tiempo común que huye horizontalmente con el agua del río, con el viento que pasa. Por el contrario en la narrativa se utiliza el tiempo “horizontal” o lineal, siendo la necesidad del escritor y la problemática de la obra, la que determina si la narración evocará el pasado, contará el presente o elucubrará el futuro. Vargas Llosa analiza la utilización del tiempo dentro de una narración: Me atrevo a asegurarle que es una ley sin excepciones (otra de las poquísimas en el mundo de la ficción) que el de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista (del buen novelista) da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y se diferencie del mundo real (obligación de toda ficción que quiere vivir por cuenta propia.) Depende de la maestría del escritor el hecho de que un lector pueda ser parte de la narración, entrando al territorio de la ficción casi sin darse cuenta. La utilización del tiempo narrativo, los niveles de realidad, el tipo de narrador, el lenguaje, el ritmo de la escritura, etc., hacen que el lector pueda o no entrar en esa especie de engaño o mentira que ha sido creado, mediante artilugios, por quien escribe. La soberanía de una novela no resulta sólo del lenguaje en que está escrita. También, de su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo inventado. El papel del lector es, sin embargo, crucial para la creación literaria, ya que sin la intervención o participación de este, la obra queda incompleta. Cada lector tiene, a su manera, un tiempo cronológico y un tiempo subjetivo, por lo que una obra de arte, en el caso particular de una obra literaria, afectará a cada lector de manera disímil. También el lector, no sólo el autor, utiliza su memoria para leer, uniendo, comparando y distinguiendo, ciertas imágenes, palabras, sentidos, acontecimientos, seres y cosas, dentro de su mente. La creación que hizo en su momento el autor al escribir su texto, se vuelve en recreación por parte del lector, quien le añade su percepción y algo de su propio ser a la obra. Una novela es como escribir un mensaje en un papel, meterlo dentro de una botella y lanzar ésta al mar. Volviendo al cuadro de Dalí y su particular percepción del tiempo, podemos señalar que probablemente la intención del pintor fue la de expresar, mediante tales formas, como en toda obra de arte, la memoria está implícita o, como los ejemplos mencionados, también puede estar explícita. La memoria y la utilización del tiempo, son usadas para construir con palabras, sonidos, trazos o imágenes una recreación propia que tiene mucho de subjetividad, pero también hay algo objetivo que está más allá de la conciencia del artista. Los cuatro relojes que pintó Dalí, una forma animal indefinida, una rama seca de un árbol, una forma cúbica y un paisaje soleado en una playa, talvez nos muestran como el tiempo es una parte esencial de la existencia humana, una especie de compañero inalterable de la conciencia, La medida del movimiento como señaló San Agustín en su momento. Es importante recordar una de las tantas ideas que Salvador Dalí lanzaba al viento como una especie de exabruptos, ideas aparentemente superficiales, ridículas o excéntricas, pero capaces de evocar conceptos complejos y talvez verdaderos. El pintor dijo en alguna ocasión: La belleza será comestible o no será Recordándonos que la belleza, a lo que aspira todo artista o creador, invita o llama a la apropiación, al consumo de esta. Todos(as) quieren poseer lo bello de algún modo, hacerlo parte de uno mismo de distintas formas, ya sea escribiendo, leyendo, pintando o simplemente contemplando o admirando aquello que es capaz de evocarnos lo bello.
Pablo Pérez Ayala

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