miércoles, 7 de enero de 2015
Pérez Alcalá: arte y pensamiento
“Se puede vivir sin el arte, pero no se puede ser sin el arte.”
RPA
Escribir sobre el arte y el pensamiento de Ricardo Pérez Alcalá es escribir sobre un todo único e indisoluble que fue su vida misma. No se podría mencionar la compleja suma de las partes que lo conformaban como individuo, sino como una unidad que a lo largo de su existencia se fue manifestando de diversas formas: una manera muy singular de ver la realidad, de pensarla, de aportarle belleza, formas, creaciones, y de vivirla alegre, intensa, profunda y prolíficamente. “Siempre he sido fiel a la vida”, decía en los momentos más trascendentales, cuando era reconocido o cuando recordaba su pasado no siempre feliz. También recalcaba esa intención de muchos, no mala necesariamente, de diseccionarlo como creador: “Dicen que sólo soy acuarelista, como si no fuera arquitecto, escultor, dibujante, artista; me encasillan en una sola expresión del arte”. Algo con lo que él nunca estuvo de acuerdo puesto que sus obras abarcan distintas áreas del quehacer plástico, no pudiendo ser encasillado en una sola. “Cuando me piden que sugiera a algún artista o arquitecto para ser jurado de algún concurso, siempre les pido que me muestren sus obras. ¿Qué es lo que han hecho?, ¿cuál es su aporte?, ¿cuáles sus creaciones?”, señalaba al hablar sobre el quehacer artístico de sus colegas y el suyo propio.
Conversando con él sobre sus primeros recuerdos, decía que fue en 1942, a los 3 años, cuando tuvo un inicial descubrimiento del color y sus distintas posibilidades al encontrar una pequeña caja de acuarelas de su hermano mayor Ismael, a quien llamaba papá. Recordaba que cuando abrió la pequeña caja negra metálica, los colores vibraban con la luz y cambiaban paulatinamente con la sombra, lo cual lo fascinó de inmediato. Consideraba tal hecho como un momento trascendental en su vida que determinó, de alguna o muchas formas, su futuro como artista. Sus familiares siempre recordaban que a los 4 años dibujó a dos perritas pequinesas peleándose por una corona, lo cual representaba en caricatura la noticia, muy comentada entonces, de una disputa entre dos jóvenes por ser la reina de belleza de Potosí. Toda persona que visitaba su casa recibía al irse, como presente, una caricatura realizada por el pequeño dibujante, lo que ocasionaba la alegría de los visitantes. A los 7 años dibujó con tizas un gran tren en uno de los muros de su casa, lo que empezó a llamar grandemente la atención de sus hermanos mayores, que ya tenían formación universitaria, quienes se percataron de sus aptitudes para el dibujo. A los 12 años ganó el Concurso Nacional de Pintura Infantil, hecho que presagiaba una trayectoria con innumerables reconocimientos.
Contaba que a sus doce años una mañana, saliendo de la Academia de Bellas Artes de Potosí donde estudiaba, gritó en la calle delante de sus amigos, de una manera desaforada, que dedicaría toda su vida a la pintura y al arte. Muchos transeúntes lo miraron como a un loco y sus compañeros ni lo tomaron en cuenta, pero no le importó lo que los demás pensaran de él, él ya lo había dicho.
En 1954, a sus 15 años, realizó su primera exposición pública en el Salón de Exposiciones de la Universidad Tomás Frías de Potosí a la que sólo asistió su familia. Algunos de sus hermanos, incluso, estaban muy incómodos por estar allí contemplando sus obras, decía. Con su humor característico recordaba que cierta persona metió la cabeza por la puerta, vio la exposición y simplemente señaló: “Cuadros nomás son, vámonos…”. En el mismo año viajó a La Paz donde realizó su primera exposición importante en el Salón Municipal Cecilio Guzmán de Rojas, la cual tuvo mucho éxito al vender todas sus obras expuestas. “Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él, incluso se me quitaron las ganas de comer…”, recordaba. En dicha exposición se le acercó una señora mayor, de origen judío, quien le dijo: “Hijo, yo te voy a comprar quince cuadros, pero tú me tienes que regalar el que más te guste a ti, porque yo soy tu madrina.”Él efectivamente así lo hizo y se dio cuenta entonces del poder del arte como un medio de comunión entre las personas.
Durante su juventud, antes de entrar a la universidad, pintó cientos de cuadros en Potosí durante catorce a dieciocho horas diarias. “No podía siquiera esperar a que amanezca para salir feliz con mi papeles, pinturas y taburete para seguir pintando sin cesar.”, recordaba. Este aspecto tiene mucho que ver con lo que él insistentemente recalcaba como su “moral de trabajo”, la cual lo acompañó pertinazmente toda su vida. “Todos los días tienes que estar haciendo algo: dibujos, bocetos, apuntes, algo…” señalaba. Refiriéndose a la labor del artista que lejos de ser contemplativa o autocomplaciente tiene que dar frutos estéticos reales y fácticos, ya que para él la flojera era una forma de inmoralidad.
Radicado en La Paz entró a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés con un objetivo vital muy claro: “Que la arquitectura solvente mi pintura; pero a la larga fue la pintura la que solventó mi arquitectura.” Según sus compañeros de estudios de entonces, desde la primera exposición de sus proyectos en el primer año, empezó a llamar la atención de sus docentes y émulos por sus innovadoras propuestas creativas, la forma de presentarlas y la defensa que hacía de las mismas. En 1960, a los 21 años, realizó el moderno diseño de la Iglesia Corazón de María de Miraflores en La Paz. Posteriormente tuvo que viajar por distintos motivos a Cochabamba para concluir sus estudios de arquitectura. No dejando de lado la pintura y el dibujo en ningún momento, ganó en 1968 el Primer premio en arquitectura, y en 1969 el Primer premio en pintura y en dibujo en el Salón Municipal 14 de Septiembre de Cochabamba, siendo un caso único donde una sola persona gana los tres premios consecutivamente.
Volvió a La Paz para realizar obras muy importantes tanto en arquitectura como en escultura. Trabajó con el Ing. Mario Galindo, a quien siempre consideró como uno de sus maestros y amigo. Diseñó entonces la Normal Simón Bolívar y la Piscina Olímpica, ambas en la zona de Alto Obrajes. En el año 1972 realizó el diseño de dos murales y los Cóndores de la Casa de la Cultura Franz Tamayo de la sede de gobierno. Un trabajo muy importante que le costó un gran esfuerzo por todas las adversidades que tuvo que sortear para su realización. “Nadie te perdona el talento, y aquellos que te odian, te odian sin conocerte…”, decía, al recordar lo difícil que fue realizar sus obras entonces en un espacio cultural tan relevante para la difusión de las manifestaciones artísticas nacionales, ubicado en pleno centro de la urbe paceña.
En la década de los 70 continuó pintando incansablemente acuarelas, óleos, pasteles, dibujos a tinta y al carbón, llegando a ocupar un puesto de privilegio entre los pintores de la época. Fue entonces que descubrió y formuló su teoría pictórica sobre los “colores imposibles”, los cuales, según sus propias palabras son: “Los colores que no están en la paleta del pintor, pero que surgen al plasmar la pintura en el papel o lienzo. Son los colores que emanan de los contornos de las figuras, ya que son la relación con otros colores, por lo cual los ´colores imposibles` no son premeditados por el artista y no se pueden repetir fácilmente, surgen de una especie de azar pictórico semi controlado.” El año 1977 se convierte en una año trascendental en su trayectoria porque logra pintar una de sus obras más representativas: la acuarela “Zaguán zapatería”. Considerada como un hito en su obra personal y un referente de la acuarela boliviana en general. Sus colegas de entonces coincidieron en la importancia y calidad de la obra, felicitándolo por el logro estético y técnico de la misma. Fue entonces que tomó la decisión de viajar allende nuestras fronteras, con dicha obra y otras bajo el brazo, con el único objetivo de difundir su arte.
En 1978 viajó al Perú donde tuvo una buena acogida en Cuzco y en Lima. Posteriormente se trasladó al Ecuador donde su obra fue reconocida y muy valorada con ofertas de trabajo y deseos que se quedara a vivir en el país. Prosiguió su viaje a Venezuela por un tiempo corto y finalmente dio literalmente un salto a México. Su intención primigenia era estar un corto tiempo en el país azteca, ya que su objetivo final era llegar a España, pero dicho corto tiempo en México se prolongó por 14 años. “Cuando estaba en la Academia de Bellas Artes de Potosí, en mi adolescencia, mi hermano Jaime, cinco años mayor, se dio cuenta de mi habilidad y vocación por el arte, y me prometió que cuando tuviera los recursos suficientes me enviaría a la Academia de Arte de San Fernando en Madrid, para que yo estudiara allí. Por eso mi deseo de llegar a España como destino final.”
Ya en México, como todo pintor recién llegado, comenzó exponiendo sus obras en el Monumento a la Madre en la capital, lugar donde centenares de pintores exponen sus obras semanalmente. Pasó entonces momentos económicos muy difíciles, prefiriendo en algún caso comprarse flores para su habitación antes que algo de comer. “Había que alimentar al espíritu más que al cuerpo…”, decía al respecto. Poco a poco mereció el reconocimiento de sus colegas y compradores hasta que un merchante de arte, de origen español, le ofreció comprarle todo lo que pintaba a precios módicos.
Su obra, en años posteriores, llegó a las más importantes galerías de la Ciudad de México y del país. Señalando, en alguna de las entrevistas que le hicieron los medios mexicanos de entonces, que: “El arte sin misterio no me interesa…”Porque, según su concepción personal del arte, toda obra no puede ser abarcada totalmente en su comprensión ni por el artista ni, mucho menos, por el espectador, ya que en ella siempre tiene que haber algo inescrutable o indescifrable para la razón o para el sentimiento de quienes la contemplan. Entre los acuarelistas mexicanos más destacados de los años 80 se encontraba Edgardo Coghlan, con quien siempre tuvo una relación de mutuo respeto y admiración. Al comparar ambas maneras de expresarse mediante la acuarela, decía: “Mientras Coghlan enamora a la acuarela, yo la violo…”
Entre los años 1984 al 89 ganó en cuatro oportunidades el Primer Premio Nacional de Acuarela de México. Llegando a decir uno de sus colegas pintores de manera pública y afectuosa: “Y pensar que el mejor acuarelista de México es un boliviano.” Debido al renombre alcanzado, los distintos merchantes de arte, así como coleccionistas privados, llegaban directamente a su casa o estudio a comprarle absolutamente todo lo que pintaba. Hizo importantes exposiciones en el Museo de Minería y en el Poliforum Cultural Siqueiros, recintos fundamentales de la cultura mexicana. Su aprecio por el país y el pueblo mexicano, que tan bien lo recibieron, lo expresó sosteniendo: “Lo que es Francia para el mundo, es México para América Latina”. Sin embargo, pese a la fama y el prestigio que lograron su persona y obra, nunca dejó de visitar semanalmente a sus amigos pintores del Monumento a La Madre, donde se inició, hasta su posterior retorno a Bolivia.
Su vuelta al país en 1991 se debió principalmente al proyecto de construcción del Monumento de Confraternidad de Ilo, Perú. Idea suya que la planteó como un agradecimiento de Bolivia al Perú por los acuerdos de Ilo y la playa Boliviamar. Al respecto señaló: “La idea era construir un rostro gigantesco de mujer cuyos grandes ojos miraran, por un lado, hacia el mar del Pérú y, por el otro, hacia las montañas de Bolivia.” Habló entonces con los presidentes Paz Zamora y Fujimori para explicarles detalladamente su proyecto, siendo autorizado y financiado el mismo por ambos gobiernos.
Una vez radicado en suelo patrio, el entonces embajador de México en Bolivia, conocedor de su amplia trayectoria, le dijo: “Maestro Pérez Alcalá, si usted quiere podemos tramitar sus papeles de nacionalización como mexicano”, a lo cual él respondió cortésmente: “He sido tantos años boliviano que voy a morir siendo boliviano.”
Recordaba también, con mucho humor, como a su llegada a Potosí después de 14 años, con todos sus reconocimientos a cuestas, se encontró con un amigo de escuela quien le dijo: “A todos nuestros compañeros les ha ido mal, al único que le ha ido bien es a mí, pues soy asesor legal de la Policía…”. Preguntándole seguidamente: “¿Y tú a qué te has dedicado, Ricardo?”. “Soy pintor”, respondió él de manera escueta. A lo cual su amigo sentenció: “¡De pintorcito nomás te has quedado…!”
Recibió en años siguientes la Medalla del Senado en 1994, el Premio Nacional de Cultura en 1997, Primer Premio Nacional de Arte Sacro en 1998, Premio a la Excelencia en La Trienal Mundial de Acuarela en Colombia en el 2006, Premio Bienal internacional de Arquitectura en 2008, Premio Trayectoria de Vida del Gobierno Municipal de La Paz en 2009 y Gran Premio Mundial de Acuarela en Colombia, el mismo año. Siempre dejó el nombre de Bolivia muy en alto en todos los eventos internacionales en los que participó, señalando en varias ocasiones: “Amo a mi país profundamente, pero hay cosas que no me gustan, hay que cambiarlas, mejorarlas…”
Entre sus últimos logros, además de sus obras arquitectónicas, destacan el Premio “Lienzo de Oro” de la Academia de la Cultura Francesa el 2012 y su exposición en el Museo del Louvre de Paris, el mismo año. Algo que lo llenó de orgullo porque expuso donde exponen sus grandes maestros de siempre: Da Vinci, Rembrandt y Velázquez. Al respecto comentó: “Nunca he esperado los premios ni los he buscado, sólo me ha interesado hacer mi arte de la mejor forma posible y aportar algo a la humanidad.”
Falleció en agosto de 2013 en su casa en La Paz –la cual diseñó y construyó pacientemente durante quince años como una muestra muy personal de su arquitectura, arte y escultura- dejando varias pinturas inconclusas y distintos proyectos arquitectónicos por realizar. Destaca entre ellos el proyecto de restaurar, mejorar y rediseñar el entorno de la Plaza Murillo en La Paz. “Es como la sala principal de nuestra casa que es la ciudad, ahí llegan nuestros más importantes visitantes, merece ser embellecida.", decía.
Su legado artístico, pero sobre todo su legado humano, consta de más de seis mil obras pictóricas, decenas de casas, edificaciones y esculturas, realizado a lo largo de una esforzada como prolífica vida. “Quiero terminar mis días con dignidad, haciendo lo que sé hacer bien.”, fue la consigna que cumplió hasta su último aliento.
Pablo Pérez Ayala
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