miércoles, 4 de febrero de 2015
Consternación, susurros y homenajes
Viernes, son las diez de la mañana y el sol brilla tenuemente en el cielo paceño. En la habitual sesión del Congreso Nacional, mientras se discuten innumerables temas, empieza a correr (como reguero de pólvora) una información. Todo mundo comienza a hablar sobre ella, hay voces de asombro y sobresaltos, por doquier, entre los parlamentarios. La información no tarda en llegar a los oídos del Presidente de la Cámara de Diputados.
Mientras tanto, los periodistas empiezan a correr raudamente por los pasillos del Congreso. Activan celulares, prenden grabadoras, cargan cámaras, etc. Es el movimiento de los parlamentarios el que ocasiona un movimiento mayor en los periodistas, y el visible ajetreo de los periodistas incrementa, a su vez, la agitación parlamentaria.
Después de transcurridos algunos minutos, el Presidente de la Cámara, notoriamente compungido, pide solemnemente un minuto de silencio. La congoja reina en la Cámara de Diputados, las miradas son fijas y serias, algunos no pueden ocultar su tristeza y se oyen sollozos en medio de un consternado silencio. Dicho silencio es transmitido por radio tanto en La Paz como en todo el país, todos llegan a oírlo, todos oyen el silencioso minuto.
Las radios aseguran que la infausta noticia fue dada a conocer en la Cámara de Diputados, y en la Cámara de diputados aseguran que la noticia fue dada a conocer en las radios.
Pero no importa la fuente: el Congreso, las radios, los periodistas o quien fuera. Impera el desconsuelo y se empiezan a hacer todos los preparativos para los homenajes.
Y es que todo indica que don Juan Lechín Oquendo ha fallecido.
Parlamentarios de derecha, centro, izquierda, indefinidos y sindicalistas, empiezan, con prestancia, a formular declaraciones: fue uno de los grandes forjadores del movimiento obrero; el hombre más importante de la Revolución del 52; desde el punto de vista sindical, político y humano, un verdadero líder; dirigió la época gloriosa de la COB; murió prácticamente en la miseria, etc.
La tristeza sale por las anchas puertas del parlamento y cunde por toda la ciudad. En las calles de La Paz todos hablan de lo sucedido, mucha gente se asombra, otros se entristecen.
Los sindicalistas se visten de negro, las floristas trabajan extraordinariamente y en los periódicos las máquinas de escribir suenan sin clemencia.
Se origina una verdadera romería en la calle Corneta Mamani donde está la casa de don Juan Lechín. Todos quieren rendirle un homenaje al ex-líder sindical, verlo por última vez, darle el adiós final.
Sin embargo, después de casi una hora de consternación local y nacional, Don Juan Lechín Oquendo, "El Maestro", declara: sólo estoy resfriado.
(Publicado inicialmente en 1998)
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